viernes, 1 de agosto de 2008

En el café a las 18:00

Son las 16:32. Ingreso al museo de Bellas Artes, en él, un silencio casi sepulcral, en su interior se escucha los sonidos provenientes de la ciudad un tanto apagada.
En el salón principal hay una exposición de Oscar Niemeyer, unos cuantos turistas y estudiantes provenientes de algún colegio de la región, recorren el museo de un lado par otro. En un pasillo, al costado derecho de a escalera que da al segundo nivel, hay un pasillo y en él una cafetería de sillas antiguas color verde y tapiz marrón. La gente que pasa cerca de la cafetería mira con desdén.
Hay estatuas de estilo clásico al lado derecho del museo. Entro a fisgonear por el pasillo que da a la cafetería. El garzón se llama Mauricio (M), escuché que alguien lo llamaba por su nombre. Está atento a quien entra y sale del lugar. Me dice hola. Hola le digo yo de una forma bastante tímida, hay música ambiente. Salgo nuevamente al salón principal. Los estudiantes aún siguen ahí. Son las 17:00 hrs, bastante pronto para la hora del té, vuelvo a observar por el pasillo y veo a una mujer, está sentada , se sirve un café, un hombre entra y se sienta a su lado, al parecer tienen algún vínculo. Veo la lista de precios, bastante caro a mi juicio, trataré de ser lo más objetivo posible, es difícil lo sé, trataré de ver más allá de las paredes, de las formas, de las situaciones, eso no es objetividad, pero qué es objetivo. Mejor prosigo con el relato. Entraré y me serviré algo para ver que tal. Me dispongo a entrar. Aún no. La pareja que tenía algún vínculo salen de la cafetería. En el salón principal no hay mucha gente, tal vez al ser un día de semana, miércoles, influye, además del ambiente, afuera está nublado. En definitiva, hoy la gente no parece venir mucho al museo.
Escucho la conversación de unos empleados que visten con unos overoles y un caballero de pelo cano, avanzada edad, pero su altura y rigidez lo hacen ver bastante jovial, además de estar enfundado en un terno, pareciese ser que tiene algún cargo importante, encargado de alguna exposición.
Son las 17:10 hrs, aún no he entrado a la cafetería. Alguien pasa a mi lado, un sujeto de apariencia sospechosa.

Los guardias vigilan, hacen guardia, como si alguien pretendiese robarse alguna obra de arte, vigilan además que nadie saque fotos. He sacado varias, dejan sacar fotos, pero no a las exposiciones, solamente se pueden sacar en el salón principal. Los estudiantes aún siguen aquí. Es agradable estar acá, da un poco de calma, bastante. Parece que un grupo de “artistas” se dispone a entrar al museo. Se van. Se fueron.

Dese el café hay una vista al río Mapocho y al parque forestal, también se ve el anfiteatro que está a un costado del museo.
Pido un té con leche. Son las 17:20. ya estoy adentro. M lee el diario y el caballero alto que estaba con los empleados hace un rato en el salón principal, también lee el diario y se toma su café Express con un kuchen que parece ser de frambuesa. Aún no oscurece, pero está bastante nublado.
Suena el teléfono. M se para, se sienta. El té que tomo es Dilmah. La persona que llamó pidió un agua sin gas y otro garzón, que está en la cocina, lo llamaré X, salé a dejar el agua, quien pidió el agua trabaja en el museo. Silencio. Sólo se escucha la música. Ahí viene de vuelta el muchacho X. son las 17:28. Tomo un sorbo de té.
El dueño de la cafetería habla con el muchacho X. Parece que le faltan provisiones. Están en la cocina. M lee el diario, está atento.
De fondo se escucha la banda sonora de la película el hombre manos de tijera. Alguien saca cuentas. La música me pone un poco triste, quizás el día. Además cuando era pequeño cada vez que veía el hombre manos de tijeras me ponía a llorar, ahora entiendo el porqué, una especie de miedo a la soledad. En fin.
Aún no me dan ganas de irme. La gente del café parece agradable. El muchacho X me sonríe, tiene bigotes, parece que se va. Se fue.
Son las 17:39. El caballero que lee el diario se va. Entra una señorita. Compra un jugo, saca una bombilla, paga y se va, gracias.
Son las 18:06. Afuera el sol ya se ha ido. No ha entrado nadie al café. Está vacío. Me puse a leer el diario. Acaban de entrar dos muchachas francesas a preguntar por el baño. Creo que es hora de irme.
Antes de salir le pregunto al cajero a qué hora cierran. Pensé que iba a ser bastante tajante, pero de la nada surgió una conversación corta pero precisa. ¿Cierran a la misma hora que el museo? No, cerramos antes, a las 18:30, el museo cierra a las 18:45 . Me explica que cierran antes, puesto que a veces llega gente muy tarde a la cafetería y no alcanzan a tomarse sus cafés tranquilos. Luego me pregunta si vengo siempre al museo. Sí, a veces. ¿Y qué estudias? Teatro. Acá hay un anfiteatro, ¿haz venido? , me pregunta. Sí, pero en el verano. Se calló la lona, el techo, por eso lo han mantenido cerrado. Eso me había llamado la atención, le dije.

Después de un momento no recuerdo muy bien lo que pasó. Pagué. Y salí. Son las 18:15. Queda poca gente en el salón principal. Recorro un poco más, por aquí y por allá. Vuelvo a pasar frente a la cafetería. Son las 18:18 ya está cerrada. Es mejor abandonar el recinto. Me voy. Salgo. Ya me fui. Afuera hace bastante frío, mejor me pongo mi gorro y sigo caminando por santiago.

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